domingo, 13 de diciembre de 2015

COHETERÍA:

Hace algunos años el 7 de Diciembre, en punto de las seis de la tarde, el campanario de lo que ahora es la Catedral de Huehuetenango, se convertía en el gran escenario de un armonioso concierto de campanas de diferentes tonalidades que interpretaban, al unísono, la melodía que preludiaba la gran cohetería en honor a la Virgen de Concepción; la mayoría de los jefes de hogar, previamente, habían comprado su media docena de cohetes de vara que, desde muy temprano, se exhibían, cual mercadería de primera necesidad, sobre la 3ª calle, principalmente recostados en los muros de la iglesia católica.
            Mi señor padre, para nada fanático religioso, nunca dejó de adquirir tan preciosa mercadería que tardaba muy poco, porque a las seis de la tarde cada cohete, surcaba el horizonte y estallaba, tal cual era el propósito, lo más alto posible, buscando el cielo; cuando él se marchó en el viaje sin retorno, yo tomé “la estafeta”, porque de él aprendí “el oficio de tirar cohetes” ese día y a esa hora; también supe en dónde y a quién comprárselos para que se elevaran sin problemas y no me estallaran muy cerca de la mano.
            Pero “la señal” provenía del entonces pletórico campanario:
            “Al instante como alada caravana
            de bemoles que irrumpiera de repente:
            como efluvio cantarino y resonante
            que cayera de las torres, claro suena
            de graves aquilones un torrente
            de acordes sonoros. Cada campana
            su alegre arrebata diapasona
            con el áureo coro que vuelca y proclama
            el conjunto canoro y vibrante.
            Es una colmena de arpegios   que llena
            los cielos de raudos clamores de hosanna.
            El orbe entonces, súbito se inflama.
            Un enjambre estruendoso y deslumbrante
            De cohetes y bengalas el horizonte
            Rasga en oblícuo sesgo; ilumina
            De explosivos destellos la rugiente
            inmensidad que se estremece y clama,
            mientras del humo flota opalescente
            rebaño de blancos copos que hilvana
            el viento como pálida chalina
            que luego arrastra perezosamente”.
Y este poema del Doctor Horacio Galindo Castillo, que es bastante más extenso y que se titula “LA TRADICIONAL COHETERÍA”, culmina así:
            “…pero un poeta de antigua esclavina
            que a mi lado eternamente camina,
            ¡Hermano! - dice - ¡Es Nuestra Soberana
            que adorada de su pueblo y ufana
            de tanto cohete, homenaje y campana,
            un  milagro hace en sus labios de grana
            y ríe de gozo con risa extrahumana!.”

La pregunta del millón ahora es: ¿Qué nos queda de esta hermosa y única tradición? La respuesta es: Casi nada. Porque ahora más bien, “quemamos al diablo” utilizando un montón de basura, porque es la manera que encontramos para deshacernos de ella. ¡Qué lástima y qué pena!

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