COHETERÍA:
Hace algunos años el 7 de
Diciembre, en punto de las seis de la tarde, el campanario de lo que ahora es
la Catedral de Huehuetenango, se convertía en el gran escenario de un armonioso
concierto de campanas de diferentes tonalidades que interpretaban, al unísono,
la melodía que preludiaba la gran cohetería en honor a la Virgen de Concepción;
la mayoría de los jefes de hogar, previamente, habían comprado su media docena
de cohetes de vara que, desde muy temprano, se exhibían, cual mercadería de
primera necesidad, sobre la 3ª calle, principalmente recostados en los muros de
la iglesia católica.
Mi señor
padre, para nada fanático religioso, nunca dejó de adquirir tan preciosa
mercadería que tardaba muy poco, porque a las seis de la tarde cada cohete,
surcaba el horizonte y estallaba, tal cual era el propósito, lo más alto
posible, buscando el cielo; cuando él se marchó en el viaje sin retorno, yo
tomé “la estafeta”, porque de él aprendí “el oficio de tirar cohetes” ese día y
a esa hora; también supe en dónde y a quién comprárselos para que se elevaran
sin problemas y no me estallaran muy cerca de la mano.
Pero “la
señal” provenía del entonces pletórico campanario:
“Al
instante como alada caravana
de bemoles
que irrumpiera de repente:
como
efluvio cantarino y resonante
que cayera de las torres, claro
suena
de graves
aquilones un torrente
de acordes
sonoros. Cada campana
su alegre
arrebata diapasona
con el
áureo coro que vuelca y proclama
el conjunto
canoro y vibrante.
Es una
colmena de arpegios que llena
los cielos
de raudos clamores de hosanna.
El orbe
entonces, súbito se inflama.
Un enjambre
estruendoso y deslumbrante
De cohetes
y bengalas el horizonte
Rasga en
oblícuo sesgo; ilumina
De
explosivos destellos la rugiente
inmensidad
que se estremece y clama,
mientras
del humo flota opalescente
rebaño de
blancos copos que hilvana
el viento
como pálida chalina
que luego
arrastra perezosamente”.
Y este poema del Doctor Horacio Galindo Castillo, que es
bastante más extenso y que se titula “LA
TRADICIONAL COHETERÍA”, culmina así:
“…pero un
poeta de antigua esclavina
que a mi lado eternamente camina,
¡Hermano! -
dice - ¡Es Nuestra Soberana
que adorada
de su pueblo y ufana
de tanto
cohete, homenaje y campana,
un milagro hace en sus labios de grana
y ríe de
gozo con risa extrahumana!.”
La pregunta del millón ahora es: ¿Qué nos queda de esta hermosa
y única tradición? La respuesta es: Casi nada. Porque ahora más bien, “quemamos
al diablo” utilizando un montón de basura, porque es la manera que encontramos
para deshacernos de ella. ¡Qué lástima y qué pena!
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