sábado, 16 de abril de 2016

IN MEMORIAN:

Escribimos la semana pasada que se realizará un acto especial los días 24 y 25 de este mes de Abril en distintos lugares de la ciudad,  en remembranza de los dones que Dios le otorgó a Paco Pérez que cumple cien años de haber nacido en Huehuetenango; los invitamos para que estén presentes. Pero quiero aprovechar la oportunidad para repetir, íntegramente,  la columna que escribí hace ocho años, aproximadamente, con relación a parte de la historia del connotado artista guatemalteco. La reproduzco a continuación a sabiendas que, a algunas personas, no les agradará:


LUNA DE XELAJU:
            A consecuencia de un interesante trabajo periodístico publicado en un importante medio de prensa nacional, firmado por Mynor Toc y Carlos Loarca, quetzaltecos de origen, es que me atrevo a contar la siguiente historia en este pequeño periódico cibernético, porque el artículo de marras, abre la puerta para que la verdad luzca en todo su esplendor con relación al origen de lo que ellos con razón, llaman el segundo “himno nacional” de todos los guatemaltecos.
            Permítaseme escribir en primera persona: Entré en contacto con uno de los grandes amores de mi vida, “LA RADIO”, en los primeros meses de los años cincuenta del siglo pasado, convirtiéndome de esta manera en el primer locutor huehueteco, allá en la inolvidable Radio TGQ, “La Voz de Quetzaltenango” en donde, luego de ser “meritorio”, formé parte de un “staff” radial extraordinario que, a la vez fueron entrañables amigos y compañeros como pocos: José Luis Barrascout, Roberto García Gómez, Adolfo Méndez Zepeda, Cesar Augusto Navarro, Beto Maldonado Zúñiga, Carlos Linde, Heberto Díaz y otros buenos amigos algunos de los cuales se han adelantado en el viaje sin retorno. Además de los trabajadores, propiamente dicho, existían auténticos artistas “contratados” que participaban casi diariamente en programas “vivos” y con quienes también hicimos una gran amistad; algunos de aquellos programas transmitidos en vivo y que eran presenciados por personas que se sentaban cómodamente en nuestro “Teatro-Estudio”, se prolongaban, pero no en la Radio, sino en algún bar, restaurante o cantina cercanos, a donde las tertulias se convertían en “shows” de primer nivel presenciado y patrocinado por la clientela habitual del negocio.
            Todos éramos y seguimos siendo bohemios de corazón y la charla amena se mezclaba con la música y la declamación, para deleite de los asistentes y complacencia de los dueños del negocio...Ahí se comentaba, casi en secreto, que “Luna de Xelajú” que principiaba a convertirse en un verdadero hito de la historia musical de Guatemala, no era de la inspiración de Paco Pérez sino que él se la había comprado, por Q.0.15, a un formidable guitarrista y cantante huehueteco que se llamaba José Luis Alvarez quien, por necesidad imperiosa de “quitarse la goma”, no dudó en venderla.
            Pero ¿Por qué a Paco Pérez”? Porque eran compañeros de un famoso grupo musical de la época que se llamó “Trío Quetzalteco” integrado por Luis, Paco y Manolo Rosales, otro gran cantante guatemalteco; y además porque Luis y Paco, eran huehuetecos. Esto ocurrió entre los años 1,940 y 1,945.
            Luis Alvarez llegó a la Ciudad de los Altos cuando apenas tenía tres años, allá por el año de 1,921 y Paco Pérez, dejó Huehue. para trasladarse a Xela en 1,940 cuando ya era un muchacho de 23 años; en aquellos cinco años han de haber ocurrido muchas cosas importantes para la música nacional que no registra la historia, por el sublime arte musical que salía del corazón de aquellos tres muchachos muy jóvenes grandes de la canción. Luis moriría por su excesivo apego a “la parranda” en 1,945 y Manolo y Paco en 1,95l en un accidente aéreo en El Petén en donde terminó la vida de muchos grandes artistas guatemaltecos.

         Escribía que aquello lo comentábamos casi en secreto, porque entonces Paco era un verdadero símbolo en Xela (lo sigue siendo) y no se dudaba de su origen quetzalteco; Luis, siempre fue un perfecto desconocido y algunos dudaban hasta de su existencia. Por lo tanto, si esta historia la llevábamos a un medio de comunicación social tan importante como TGQ, pudimos haber ocasionado poco menos que un “tsunami” en una época muy cerrada para principiar a cambiar ciertos esquemas. Esta, como otras historias similares, quedaron siempre en el comentario coloquial de los bohemios reunidos alrededor de una mesa de cantina.


            Precisamente por eso es que me ha llamado tanto la atención que se publicara este artículo que, a lo mejor, despierta suspicacias y respuestas muy bien documentadas sobre la verdad de una versión que nosotros conocimos muy pocos años después de ocurridos los hechos. Afortunadamente en la bella “Ciudad de La Estrella” aún viven personas octogenarias que conocieron a los protagonistas y que podrían contar los acontecimientos que ocurrieron en esa época romántica de la que “Luna de Xelajú”, musicalmente, es su máximo exponente

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